Otoño


Y mientras paseaba por las calles del centro se preguntó si no sería más feliz en otro lugar, donde las personas no fueran lo que los demás quieren ver, sino lo que son, donde amar significara sólo eso, amar. Donde no existan los contextos, ni las comillas. Donde decir sea lo mismo que pensar -en alto-. Donde no se estudia lo que se va a hacer ni lo que se va a decir, para simplemente dejarse hacer. Pero si ese lugar existía, dónde podría estar, dónde encontrar alguien que quiera acompañarle -si no decide ir solo-. Tengo la sensación de haber estado allí, lo siento como la certeza de que existo en este lugar, en esta calle vacía del centro, sin embargo estoy tan perdido como los únicos turistas que deambulan este cementerio de piedras, sin explicarse el vacío de gente, el vacío de ruido. La catedral, pregunta el más atrevido de ellos. La catedral, suspiras tú. Ensimismados observan la delicadeza de tu rostro, el cuerpo esquelético que en otro tiempo pudo ser esbelto y bello. Ahora sólo ven tus canas y las arrugas que decoran tu frente. Sólo ven la amenaza de la vejez. La muerte acechando la calle sombría. Y tus ropajes raídos les alejan de ti mientras sigues murmurando entre suspiros “la catedral, la catedral”. Crees oír mientras se alejan palabras vacías de compañerismo, palabras a la deriva entre la compasión y el miedo. Pero no te importa lo que digan, aprendiste de tu abuelo que “a palabras necias bastan oídos sordo”. Y eso fue lo que hiciste, cerrar tus oídos a sus puñales. Abrir tu alma a su perdición. La catedral -gritaste en un aullido ronco-. Ellos miraron asustados al lobo al que acababas de invocar y se alejaron con prisa. Agachado en la oscuridad, con las rodillas fijas en el suelo observabas la luna con una sonrisa torcida. Qué bella era, dónde estará ahora. En qué lugar de esta ciudad dorada podría encontrarla. La memoria te regalaba entonces momentos de otra era, de otra vida que era ya un racimo de uvas pasas secadas después del ocaso. Dónde está, suplicabas a la luna. Y ella te devolvía su luz, como si se tratase de un foco, iluminándote en aquella espesa noche de otoño. El viento arrastraba las hojas de los árboles recién caídas. Y tu abrigo marrón oscuro, como el traje de un zorro, bailaba a su compás. Te rozaba la cara como una caricia fría, y tú la disfrutabas como si fuera la última. Un último aliento, un remanso de paz. Cerrando los ojos para imaginar el escenario en el que querrías vivirla. O revivirla. Habla, luna, habla -implorabas-. Pero la luna no te devolvía más que su cegadora luz apuntándote acusadora. -Yo no lo hice, luna. No me mires así.- Y rompiste a llorar en la noche, a llorar como un niño al que la madre acusa de haber roto el jarrón tan bonito, recuerdo de un pariente lejano. Y lloraste una luna, y otra y otra más. Lloraste el río que rodeaba la ciudad y bañaste a todos los que te acusaban de no asearte, de llevar el pelo enmarañado y de oler mal. La luna desapareció del cielo y tú te levantaste cansado y vencido, como el boxeador derribado en primer combate. Avergonzado por tu cobardía emprendiste el rumbo de cada día, aunque no lo recordaras. Y pasaste frente a la floristería y el aroma de las flores salió a recibirte cuando una mujer cargada con un ramo de rosas abrió la puerta, y sonó un tintineo. Trataste de imaginar quién las recibiría y la seguiste queriendo descubrirlo. Pero un cerrojo te lo impidió y proseguiste tu ruta. El hombre que vendía periódicos te saludó amablemente, le devolviste el saludo pero no le reconociste. Ya estabas perdido. Hace rato que te habías perdido. ¿Cómo está hoy? -te preguntó- y tú respondiste con un movimiento de cabeza. En ese momento llegó clientela y el señor de los periódicos continuó su labor. Avanzaste un par de metros para detenerte de golpe. Pensativo. Te giraste y bruscamente te abalanzaste sobre el hombre de los periódicos. Dónde está -preguntaste- dónde está. Se lo dije ayer, ¿no se acuerda?. Le miraste ausente. Está en el jardín que rodea la catedral, allí quiso usted que la enterraran. La catedral, suspiraste. La catedral. Los seres humanos están perdidos, sabe usted. Y mientras tu silueta vieja y oscura iba siendo absorbida por las calles del centro pensabas si no serías más feliz en otro lugar.

Ainara Méndez

http://ainaramendez.wordpress.com/

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